Bolivia: Los misterios de las beldades espinosas

. jueves, 25 de diciembre de 2008
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

Revista Escape / Biomundo

Artículo en el diario boliviano La Razón


Con más de 300 especies, Bolivia es uno de los países más ricos del mundo en cactus. En sus caprichosas formas, estas plantas suculentas guardan un potencial de desarrollo económico y un reto científico. El Jardín Botánico “La Paz” está tras sus secretos.

Texto: Liliana Carrillo Valenzuela • Fotos: Miguel Carrasco

Bien formaditos, enseñan sus formas globosas, aplanadas o tubulares. Todos son niños, todos son verdes y todos tienen espinos. Son cientos y se reúnen en una carpa que es lo más parecido a una guardería de cactus. “En este vivero tenemos más de 600 especímenes de la familia Cactaceae, que han llegado de toda Bolivia”, explica la bióloga Noemí Quispe Arteaga, quien desde hace cinco años es responsable del cactario del Jardín Botánico “La Paz”.

“Se estima que en Bolivia existen entre 322 a 176 especies de cactus”, afirma Quispe. El Jardín Botánico “La Paz”, unidad dependiente del Instituto de Ecología de la UMSA, cultiva a las espinosas plantas en vivero y al aire libre con la intención de clasificarlas científicamente, estudiar sus comportamientos, experimentar nuevas formas de reproducción y determinar sus potencialidades alimenticias, químicas u ornamentales. Tarea urgente, pues “Bolivia es uno de los países más ricos en diversidad de cactáceas; pero paradójicamente esta riqueza es una de las menos estudiadas científicamente”, sentencia la bióloga, especialista en las espinosas plantas.

Suculentas bellezas 
“Suculento” es un adjetivo inseparable de los cactus. Suculento viene del latín “suculenttus” que significa “jugoso” y es que, en general, las cactáceas almacenan agua en sus tejidos (raíces, tallos u hojas). El ser “plantas jugosas” es una de sus características, pero para pertenecer a la familia de alta alcurnia americana de las cactáceas se deben cumplir otros requisitos: tener espinas, aureolas y flores.

Fuccias, blancas, amarillas o rojas, las flores de las cactáceas compiten en belleza. “Es una estrategia: las flores más llamativas serán las primeras en convocar a los polinizadores”, explica Noemí. La hermosura, en este caso, garantiza la sobrevivencia.

De las aureolas salen los espinos que caracterizan a esta familia desde hace 35 millones de años, cuando sus hojas comenzaron a transformarse en espinas. “Además de ser una forma de protección contra predadores, les sirven para recolectar agua (especialmente en lugares desérticos) donde los espinos concentran el rocío de la mañana e hidratan al cactu”.

Caprichosas, sus formas pueden asemejarse a globos (Lobivia bruchii), columnas (Echinopsis atacamensis ssp. pasacana) o láminas (Opuntia ficus-indica). Sus frutos pueden ser jugosos (como la famosa tuna) o secos (cápsulas).

Sus espinosos orígenes
“Plantas enormes, sin hojas, y sólo con espinas, a veces venenosas”; así describió Cristóbal Colón a los cactus en el diario de su segundo viaje a América (1493). Sorprendido por las utilidades que el vegetal —tan extraño para sus ojos europeos—tenía en los pueblos americanos, el navegante llevó algunos especímenes al Viejo Mundo.

“Como estrategia de sobrevivencia, los cactus pueden reproducirse por semillas o por esquejos (brotes), lo que facilita su adaptabilidad en todos los hábitats; en algunos, incluso, pueden adquirir características de invasoras”, dice Noemí Quispe y así explica que hoy, la familia de las plantas espinosas sea popular en todo el mundo; llegando incluso a considerarse “invasora” en algunos hábitats.

Pero hay pertenencias innegables y a América, con énfasis en México, debe atribuirse el origen de las cactáceas. Las pruebas de este milenario origen están documentadas en códices, grabados, pinturas y cerámicas precolombinas mayas, aztecas, incas y aymaras. Por ello, llama la atención que hace un mes, productores de China hayan iniciado trámites para patentar como suyos el maguey y el nopal, provocando la indignación de México. “Es de vital importancia registrar las especies que un país posee como parte de su patrimonio”, explica la bióloga Quispe.

Las nativas de Bolivia
En Bolivia existen entre 322 a 176 especies de cactus distribuidas en todo el territorio nacional, desde el altiplano, pasando por valles mesotérmicos, chacos, bosques húmedos e, incluso, bosques tropicales, donde esta familia vegetal llega con representantes epífitas.

El rango, grande e indeterminado, del número de especies bolivianas obedece a la ausencia y contradicción de datos. En 1992, Hunt determinó que en Bolivia existen 41 géneros y 322 especies de cactáceas; en 1999 Kiesling halló 34 géneros y 176 especies y el 2006, el propio Hunt rectificó 36 géneros y 206 especies. Según Quispe, “estas variaciones se deben a la falta de información; cuando se busca cierta especie catalogada como ´por confirmar su presencia´ hay que remitirse al siglo pasado; no hay datos actualizados. La mayoría de los trabajos nuevos han sido realizados por investigadores extranjeros y cactófilos (coleccionistas de cactus)”,

Aún hoy, se continúa usando como fuente básica el trabajo que realizó el botánico cochabambino Martín Cárdenas Hermosa (1899-1973), quien describió 180 especies nuevas de cactus, durante la primera mitad del siglo XX.

Una actualización de datos será vital para alertar sobre el posible riesgo de extinción que pueden correr algunas especies endémicas del país. Según el CITES (Convenio sobre el Comercio Internacional de Especies de Fauna y Flora Salvaje Amenazadas), estarían en la lista de riesgo varias especies de Discocactus, propias del oriente. “Hoy en día es posible comprar, incluso por internet, especies amenazadas. El futuro y el legado a nuevas generaciones dependen de nuestra capacidad de poder revertir el proceso de saqueo y el gusto de coleccionar cactus deje de ser una actividad destructiva para convertirse en el mecanismo que los proteja y conserve”, puntualiza Noemí Quispe.

La bióloga está a punto de leer su tesis sobre la Echinopsis atacamensis ssp. pasacana, conocida comúnmente como Pasacana o Wancaru, que abunda en el sur de Oruro y en el norte de Potosí y se ha convertido en símbolo del salar de Uyuni. Este cactus, que llega a medir hasta 16 metros, tiene problemas de clasificación.

Un jardín de cactus 
Una vieja kealla abre sus ramas retorcidas, como si en sus brazos contuviera decenas de pequeños cactitos, y muestra orgullosa la flor amarilla de uno de sus retoños. A su lado, una treintena de Opuntias, las plantas de la tuna, se agolpan en la pendiente que también acoge cactáceas columnares, que tienen rimbombantes nombres.

En el Jardín Botánico “La Paz”, estas espinosas plantas son rebautizadas constantemente por los visitantes que llaman “Abuelito” al Corryocactus elanotrichus, debido a las espinas blancas que, a modo de barba, la recubren; o “San Pedro” a la Orencereus trollii.

El sector cuatro del jardín científico ubicado en el campus universitario de Cota Cota está dedicado a los cactus y allí, desde hace 16 años, 1.037 individuos (identificados y etiquetados) en 10 géneros y 26 especies son estudiadas por los biólogos. “Desde 1991 se han adaptado, desarrollando sus propios métodos de sobrevivencia. En sus hábitats naturales, las flores sólo se abrirían durante unas horas, aquí muestran su belleza hasta por dos días; mucho ha afectado también el cambio climático”, comenta Noemí Quispe.

Para seguir contribuyendo al conocimiento de las cactáceas, el 2005 se creó el ´Vivero de Cactáceas´. La base de esta colección fueron 656 especímenes donados por el cactófilo francés Frederick Lardeux. Hoy, estos primeros residentes del cactario han “pasado a la vida adulta” y habitan en un sector creado para ellos en el Jardín.

En la guardería quedan más de 1.000 especímenes. Todos son jóvenes y crecen sanos mimados por el cariño de Noemí. “pronto deberán adaptarse a otra vida ex-sito”. Allí, seguirán regalando a los biólogos sus secretos.

EL JARDÍN

Aunque hoy crecen saludables y fuertes, el proceso de 16 años de adaptación de las más de 2.000 cactáceas al Jardín Botánico de Cota Cota fue difícil. Los cambios climáticos repercutieron con saña: primero El Niño, después La Niña, provocaron cambios en los comportamientos vegetales. Salvando ataques de animales predadores, como liebres, los cactus pelean su más difícil batalla con los humanos, quienes dejan basura y provocan incendios. Recientemente, antisociales entraron al predio y cortaron uno de los ejemplares de cactus San Pedro más antiguo, buscando, probablemente, sus sustancias alucinógenas. Inútil crimen, pues, aunque es similar, el San Pedro no es Peyote. Desde entonces, la seguridad del Jardín ha sido reforzada.

MÚLTIPLES UTILIDADES

Las cactáceas tienen múltiples utilidades. En Potosí y Oruro, enormes Wancarus o Pasacanas y Llausas son usados como madera para la construcción de muebles y artesanías. Los frutos de la Pasacana son también altamente cotizados por su sabor dulce, “parecido al de la pasa de uva” y su tallo suculento se usa en el campo como compresa para bajar la fiebre. Si de frutos hablamos, el fruto de la Opuntia ficus-indica, la tuna, que abunda en Bolivia, es parte de la alimentación humana. La pulpa de la Penca es también usada en ensaladas y como tónico capilar.

Por sus propiedades medicinales o tóxicas, algunas cactáceas son mundialmente conocidas. En esta lista de la infamia se hallan el Peyote (Lophophora willamsii ) y el San Pedro, a los que se les atribuye propiedades alucinógenas. Admiradas por sus atractivas flores, sus extravagantes formas o sus erizadas púas, son ampliamente explotadas en jardinería. Su belleza, explotada turísticamente, es una veta de desarrollo.

Para tomar consciencia...